Un Jueves Santo distinto.

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REFLEXIONES DE ESTA SEMANA SANTA. 2020

JUEVES SANTO. (9 de abril)

 

En la tarde del Jueves Santo, Cristo nos sigue dando pruebas de su AMOR. Nos abre las puertas de su corazón, a sus amigos, sirviéndonos, lavándonos las manos y los pies. Nos da tremendas lecciones de humildad, de servicio. Jesús, el Hijo del hombre, no vino a ser servido sino a servir.

Hoy, durante este duro trance del confinamiento, una prueba más en nuestras vidas, pero una prueba dolorosa, Cristo está en cada uno de esos hombres y mujeres que a diario velan por nuestra salud, por nuestro alimento, por nuestro bienestar. Los hombres y mujeres que nos protegen, que investigan para dar con la solución a esta pandemia… Ellos son los Cristos de hoy, del siglo XXI, en medio de una pandemia, se ponen a servir y no a ser servidos. Al pie de las camas, de los quirófanos convertidos en UCI.

Los libros de las bibliotecas de algunos hospitales dan paso a jeringuillas, mascarillas, guantes, respiradores, son los nuevos compañeros de esas historias que antes aguardaban en los libros, están las lecciones de vida que hoy cada uno de nosotros seguro que está viviendo y aprendiendo de diferentes formas, modos, muchos de nosotros con la angustia y el dolor de la pérdida de seres queridos.

En este Jueves Santo, los cristianos revivimos la cena Pascual, la última cena, la instauración de la Eucaristía, pero antes, Jesús, lava los pies a sus discípulos, una lección de entrega y de servicio, de un profundo AMOR.

Para ser discípulo de Jesús hay que estar dispuesto a ser el último, a ponerse a los pies de todos, a lavar los pies de todos y las manos, y la cabeza, a curar las heridas, a romper las cadenas, a dignificar los cuerpos, a cargar con los demás.

Hoy, hay muchos discípulos, no sé si serán cristianos o no, creyentes o no, para mí son verdaderos discípulos del AMOR puro. Son compasivos y solidarios, porque no son capaces de dejar a nadie en el camino. Disponibilidad abnegada, poniendo en riesgos sus vidas.

Jesús en la última cena, puso de manifiesto la unidad de todos, mediante la Eucaristía. “Yo soy el pan que se parte, que se comparte y se deja comer”.

Hoy todos, de una u otra forma, nos estamos partiendo y compartiendo. El personal sanitario, los transportistas y productores, los profesores y maestros, los investigadores y científicos, los farmacéuticos, las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, Autonómicas y Local, los voluntarios y las ONG, el pescadero, el carnicero, el tendero de las tiendas de barrio y de los supermercados, los técnicos y las compañías de telefonía y comunicación (hoy no podríamos funcionar sin ellos), los niños y jóvenes haciendo más llevadero su confinamiento con la alegría y la responsabilidad que están mostrando en estos días, los hijos que hoy son más hijos que nunca, cuidando, aunque sea en la distancia de sus mayores…

Hoy todos nos partimos y nos compartimos. Hoy todos estamos más unidos que nunca, porque sólo así, será posible que éste cáliz pase. Hoy todos estamos dispuestos a hacernos pan y a dejarnos partir.

El que come el pan debe estar dispuesto a dejarse comer. No se puede comulgar y quedarse tan tranquilo, viviendo al margen de los sufrimientos del mundo. El que comulga con el espíritu de Cristo, ya no pude vivir para sí, tiene que hacer de su vida, una hostia, una entrega a los demás.

Imitemos a Jesús, cada cual según sus convicciones. En este día del amor fraterno. Jesús fue el que más dio. Nos dio su pan, su palabra, su sangre, su Espíritu. Nos  dio la capacidad para que podamos dar.

Jesús, generosidad pura, amor sin límites, lo dio todo, se vacío del todo.

Y esta noche, como aquella noche, Jesús se irá al huerto de Getsemaní, a orar al Padre. Quizá a pedirle explicaciones.

Hoy en muchos lugares del mundo, habrá Cristos orando al Padre, o meditando interiormente sobre todo lo que estamos viviendo en estos días.

No entendemos nada, tenemos nuestras dudas, muchos interrogantes que se agolpan en la cabeza y en el corazón. Tanto dolor, tanto sufrimiento, tanta tristeza.

Hoy como entonces, pedimos al Padre que si es posible aparte de nosotros esta amargura, este cáliz.

El Getsemaní de entonces, es el hospital de hoy, los hogares en los que hay enfermos, en los que hay seres queridos que ya gozan del amor eterno.

El Getsemaní de entonces, es el mundo de hoy, donde habita la angustia, la soledad.

En el Getsemaní de hoy no podemos quedar dormidos, como los discípulos.  Tenemos que velar y acompañar, a todos los que de alguna forma sufren dolor, amargura.

Hoy, la agonía de Jesús, el desgarramiento, la pasión, son principalmente nuestros mayores, nuestros abuelos, nuestros padres. Los hombres y mujeres más vulnerables, familias desfavorecidas, trabajadores autónomos que ha tenido que cerrar sus negocios. Hoy no podemos imitar a aquellos discípulos que dejaron solo a Jesús. Hoy tenemos que ESTAR al lado de todo aquel que sufre.

Hoy tenemos que pedir fortaleza, sensibilidad, vigilancia, para acompañar a todos los que sufren, aceptando tu voluntad, pero pidiendo que tu mano nos sostenga en esta cruel lucha contra la pandemia.

Ana Casado. 9 de abril de 2020.

Un comentario sobre “Un Jueves Santo distinto.

    Susana Simón escribió:
    9 abril, 2020 en 11:58

    Gracias Ana, es una reflexión extraordinaria que tenemos que meditar.

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