Jesús VIVE entre nosotros. ¡¡Aleluya!!

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REFLEXIONES DE ESTA SEMANA SANTA

DOMINGO DE RESURRECCIÓN. (12 de abril)

Jesús después de morir en la cruz, es descendido de la misma por José de Arimatea y Nicodemo. Lo ungen con aromas, le envuelven en sábanas de lino y lo depositan en el sepulcro. Todo se hace silencio, el silencio de Dios. Pero Jesús no está solo, sus allegados están con él.

Esta imagen es bien distinta a lo que está pasando en estos días que sufrimos la enfermedad. El enfermo está abatido, sólo ante la muerte. Sin familiares ni amigos, tan solo el personal sanitario, que en un gesto de amor puro, le cogen su mano para ayudarle a morir dignamente.

La tristeza de los familiares es muy grande, primero por la pérdida de un ser querido, y segundo porque no pueden, en muchos casos, darles su último adiós, depositarlo en el sepulcro arropados por sus familiares. ¡¡Qué tristeza, qué horror!!

Con la muerte se produce el fin de la vida, se rompen los lazos con el mundo, con los seres queridos, pero ¿era necesario en la actualidad explicitar tanto esta realidad?

En algún momento nos hemos podido quejar y gritarle a Dios ¿por qué me has abandonado? ¿Por qué le has abandonado? ¿Es que no eres bueno?

Jesús en el sepulcro, dando el paso definitivo hacia la vida plena, baja con el enfermo fallecido a lo más hondo de cada uno, aunque no lo sienta. Le acompaña. Baja hasta el dolor y el abandono, hasta el fracaso y la muerte. Y baja para confortarle y levantarle.

Y pasado un tiempo, el Padre despierta a Jesús, le quita las vendas, le cura las heridas, le perfuma con el ungüento que habían comprado las mujeres, y le acompaña a salir a la luz. Las tinieblas han sido vencidas. La piedra del sepulcro se abre y sale a la Vida.

En el amanecer, cuando aún estaba oscuro, algo importante ha sucedido. María Magdalena y la otra María se encuentran el sepulcro vacío. Las mujeres están temerosas, agitadas, pero confiadas en que algo sagrado ha sucedido.

Los apóstoles no terminan de creérselo, quieren pruebas, salen corriendo a comprobar si lo que dicen las mujeres es cierto. Y llegan, recuerdan las Escrituras, creen y se inundan de la experiencia de la Resurrección. Jesús ya no está allí, ¡ha resucitado!

Jesús acompaña a los difuntos que, en estos días por la enfermedad, han estado en el sepulcro. Les ayuda a correr la piedra y a salir a la Vida. Una vida plena junto al Padre.

Resucitar es llenarse del Espíritu de Jesús.

Cuando nuestros seres queridos, a los que hemos perdido en estos días, gocen de la presencia del Padre, ya no habrá lugar para la tristeza, sino alegría. También los que quedamos en el mundo estaremos alegres, porque Cristo está en nosotros. Igual que les pasó a los discípulos, que al principio se sentían tristes y abandonados, pero luego comprendieron que Cristo, que el Espíritu de Cristo estaba con ellos. Sus corazones, nuestros corazones, se han transformado, ¡ya son corazones nuevos!

La experiencia de Cristo resucitado es una experiencia de amor. El que está resucitado ya no vive para sí mismo, sino que vive para servir, para compartir, para reconciliar y abrazar. Es capaz de amar hasta el extremo, de ser testigo del amor de Cristo resucitado.

Durante todos estos días, estamos recorriendo el camino de la pasión de Cristo y la nuestra propia. En estos días, donde hay tanto sufrimiento, amargura, dolor y muerte, donde tantas personas están bajando al sepulcro…estamos viviendo momentos de auténtica revolución del Amor. Nos están sirviendo para transformar nuestros corazones viejos en corazones nuevos. Estamos siendo solidarios, no individualistas, estamos siendo libres aunque confinados, libres para pensar, para amar, para estar atentos a las necesidades de los demás.

En estos días, Jesús ha resucitado en nuestras vidas. Nos está acompañando por el camino de Emaús, nuestro Emaús, cuando vamos silenciosos caminando por la vida, esa que un día, tal como el 14 de marzo de 2020 parece que se paró.

Se aparecerá en medio de nosotros, para hacernos comprender lo que está sucediendo, para darnos aliento y seguir adelante en esta lucha.

De las vivencias de todos estos días tenemos que salir reforzados. Estoy segura que ya no seremos los mismos hombres y mujeres de antes. Habremos aprendido a amar, a echar de menos a los que nos rodean. Habremos aprendido a comunicarnos de mil formas y maneras. Habremos comprendido que nuestros mayores son el fundamento de nuestras vidas.

La revolución del Amor habrá llegado a nuestros corazones y seremos HOMBRES NUEVOS CON CORAZONES NUEVOS.

 

¡¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!!

 

Ana Casado. 12 de abril de 2020.

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