LIBRES PARA LIBERAR

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Ahora que hago una paradita en el infinito trabajo de corregir vuestros exámenes, me viene a la mente la oración de por la mañana que hemos meditado en clase. Comenzábamos el día con:
Jesús, me dices…
Que tu cuerpo “es verdadero alimento” y tu sangre “verdadera bebida“:
Cómo quisiera que estas palabras fueran verdaderamente creativas, es decir, que produjeran lo que significan.
Cómo quisiera llegar a ser una humanidad añadida a la tuya: dejarme asimilar por ti de manera que pudiera decir con Pablo: “Ya no soy yo quien vivo, sino que es Cristo el que vive en mí”
Ya no soy yo quien piensa-habla-actúa, sino que res tú el que piensa-habla-actúas en mí y conmigo.
Tú me dices: “Si alguien se alimenta de mí, yo estoy en él y él en mí”: cómo quisiera trabajar-pensar-hablar permaneciendo en ti.
Tú me dices:  “Sin mí no podéis hacer nada”, cómo quisiera no hacer verdaderamente “nada” sin estar inspirado-mandado-informado por ti.
Si todo en mí fuera “cristomandado” mi voz, con tanta frecuencia alterada y nerviosa, iría asumiendo poco a poco el timbre dulce y suave, dócil y apacible de la tuya, de la voz del buen pastor.

Del libro de Oraciones de los Mercedarios. “Para comenzar el día”

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